ChatGPT revoluciona las aulas (y es solo el comienzo)

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Está ocurriendo un terremoto en la educación. El sistema de inteligencia artificial ChatGPT se lanzó el 30 de noviembre del año pasado, y en el hemisferio sur coincidió con el final del ciclo lectivo 2022.

Pero los países del norte no tuvieron esa suerte. A mitad del año escolar se encontraron con esta poderosa herramienta que, entre otras cosas, permite a cualquier estudiante responder preguntas complejas que lo hagan parecer experto sin tener conocimiento alguno sobre el tema en cuestión. Esto hace tambalear buena parte de la estructura sobre la que reposa históricamente la evaluación y la enseñanza.

Ante semejante novedad, la reacción automática de muchas instituciones educativas fue prohibirlo. Por ejemplo, los distritos escolares de Nueva York y Los Ángeles inhabilitaron en toda su red de escuelas públicas el uso de ChatGPT. Lo mismo hicieron ocho universidades de Australia y el reconocido Instituto de Ciencias Políticas de París. Prohibirlo fue una forma de reconocer que, en verdad, nadie tiene mucha idea sobre cómo seguir.

Para conocer el impacto de la llegada de la Inteligencia Artificial a las aulas en la Argentina, hice una encuesta entre padres, madres y docentes y alumnos. Las cifras nos dan una idea de que estamos en pleno terremoto. La mitad de los docentes creen que la IA va a afectar mucho a la educación y la otra mitad cree que no. Todos escucharon hablar de la herramienta, pero sólo el 10% la utilizó.

A pesar de que la llegada del verano nos ofreció una oportunidad de pensar y prepararnos para lidiar con esto en el inicio de clases, 80% de las entidades educativas comenzaron el ciclo lectivo sin haber tenido ninguna discusión al respecto, y 90% sin haber adoptado ningún cambio concreto para un ciclo lectivo que, seguramente, será bastante distinto a los anteriores.

Currículas de ayer para los problemas del futuro

Gran parte de lo que enseñamos en las escuelas atrasa mucho. Para ilustrar este desfasaje se me ocurrió inventar una fábula: Durante más de 1000 años los egipcios construyeron pirámides. Seguro en el equivalente de su “educación secundaria”, habrán tenido la materia “Construcción de pirámides”. Pero en algún momento, allá por el año 1500 aC, abandonaron la edificación de ese tipo de estructuras. Probablemente pasaron 50 años antes de que alguien por primera vez se atreviera a cuestionar si valía la pena seguir enseñando esa técnica. Y cuando ese cuestionamiento llegó, es muy posible que el cambio haya sido rechazado, sea por tradición o por inercia. Finalmente, pasaron otras cinco décadas más hasta que se decidió formalmente quitar esa materia de la currícula. La fábula nos muestra que la realidad cambia -y en este mundo digital lo hace cada vez más rápido- pero la educación no está pensada para seguir ese ritmo de transformación. Corren en andariveles separados.

Parece extraño, pero poco ha cambiado de aquella lógica que se usaba en el Antiguo Egipto al momento de actualizar las currículas. Cuando hace unas pocas décadas me tocó ir al secundario, se enseñaban materias como taquigrafía y mecanografía. Tampoco nos dejaban utilizar la “birome” porque era un avance tecnológico que le disputaba el lugar a la tradicional pluma. La calculadora, por otra parte, estaba totalmente prohibida, mientras hoy es un elemento más en la cartuchera de los alumnos. Esta dinámica muestra dos cosas: que hay cierta permanencia alargada de muchas herramientas y costumbres, pero también que, con el correr del tiempo, finalmente los cambios llegan.

Hay que aceptar que no la tenemos fácil. Si nos costaba lidiar con cambios tan sencillos como abandonar una lapicera fuente para escribir con una birome, es difícil imaginar lo complicado que será lidiar con los cambios tecnológicos que se vienen con la democratización en el uso de la IA que traerán herramientas como ChatGPT.

La tecnología, catalizadora del cambio

La dinámica propia de la tecnología requiere de revisiones profundas y frecuentes. Para ilustrarlo podemos comparar cómo evolucionaron los cambios en el estudio de idiomas y con los lenguajes de programación. Si en 1975 había que aprender una segunda lengua para desempeñarse en el mundo laboral, sin dudas el idioma más adecuado era el inglés. En 1990, también. Y lo mismo en 2000, 2010 u hoy en día. En cambio, si el objetivo hubiese sido aprender el lenguaje de programación más utilizado en cada época, en 1975 hubiera sido Fortran, en 1980 Cobol, en 1985 Pascal, en 1990 C, en 1995 C++, en 2000 Java, en 2015 JavaScript y hoy, Python. El idioma más relevante no cambió en 50 años, pero todo lo que tenga que ver con tecnología y software muta en ciclos muy cortos, requiriendo una actualización permanente en los planes de estudio.

Cambiar lo que se enseña en la escuela o en una universidad es un proceso que toma típicamente cinco años desde el momento en que expresa esa voluntad de reforma hasta que, efectivamente, el nuevo contenido o método es puesto en práctica. Para muchas de las materias actuales, en el momento en que la reforma se lanza ya es vieja.

Todo esto nos lleva a un replanteo muy profundo. Si la inteligencia artificial va a darnos todas las respuestas, ¿Tendrá sentido estudiar? Hay que decirlo: usando ChatGPT podríamos aprobar todo sin aprender nada.

La vida es, en algún punto, como esos videojuegos de aventuras donde el objetivo mismo del juego no está claro y el protagonista explora hasta descubrir qué hay que hacer y cómo lograrlo. En el proceso se va encontrando con objetos y herramientas de uso incierto, que más adelante resultan imprescindibles para lograr el avance. La vida es así: no sabemos de antemano que será lo que tendremos que hacer y ni cuáles serán las “llaves” que nos permitirán luego abrir las puertas que se nos vayan presentando. De eso debería tratarse la educación: de adquirir aquellas herramientas que en algún momento de la vida necesitemos para vivir una vida plena y concretar nuestros sueños personales y profesionales.

Si realmente creyéramos que lo que se enseña en la escuela es lo que vamos a necesitar de manera fundamental para sobrevivir y prosperar, ¿querría alguien usar ChatGPT como un atajo para aprobar sin aprender? En otras palabras, si la escuela y la universidad nos dieran las “llaves” que nos van a permitir abrir las puertas de nuestro videojuego, ¿querríamos salir a la vida sin ellas?

Qué aprender en la Era de la Inteligencia Artificial

La noción de utilidad ya impregna la educación actual: los contenidos seleccionados tienen un fuerte sesgo apuntado (en teoría) al mundo laboral. Una primera pregunta importante sería si ese es el único foco correcto. Pero, aún si lo fuera, existen omisiones incomprensibles: la secundaria no ofrece herramientas obvias como saber armar un CV o manejarse en una entrevista laboral. Tampoco prepara a las personas para la eventualidad de querer emprender o trabajar por su cuenta. Pero, sobre todo, hay una trampa: por causa del atraso en la currícula que mencionamos, el sistema educativo prepara para los trabajos del siglo XX y no para los del siglo XXI.

Pero además, la misma noción de utilidad tiene un problema: a lo largo de la historia, los humanos demostramos ser sumamente malos para detectar qué es útil y qué no. Hace quince años, el megafraude mundial de las pulseras Power Balance le hizo creer a millones de personas que unos pedazos de plástico mejoraban la salud y daban equilibrio. ¿Cómo se engaña tan fácilmente a millones de personas? Bueno, la escuela debería formar a las personas en el pensamiento crítico. Muchas personas salen del mundo académico siendo supersticiosas, creyendo en el horóscopo o en las cábalas. La ausencia de pensamiento crítico nos convierte, en definitiva, en seres absolutamente vulnerables a la sugestión y el engaño.

Las currículas clásicas tienen materias como Geografía, Francés, Historia o Biología ¿Pero qué otras cosas sería importante aprender en el futuro? En la encuesta en la que trabajé, docentes, alumnos y padres coincidieron en destacar cuestiones como el manejo de emociones, los hábitos saludables, las presentaciones orales o las finanzas personales. Hay mucho para cambiar en los planes de estudio y, al menos de lo que se desprende de mi encuesta, hay un llamativo y esperanzador consenso entre docentes, padres/madres y alumnos.

Sin embargo, si vamos a agregar cosas deberemos sacar otras. Y ahí empiezan los problemas, porque cuando nos ponemos a evaluar las currículas -y tal como les ocurría a los egipcios- nos inunda un cierto espíritu conservador. Disparo aquí algunas ideas a modo de provocación. ¿Tiene sentido seguir enseñándoles a los chicos a escribir a mano? De todo lo que escribí en mi vida, tengo un sobrehueso. Pero solía, además, tener un callo que ya no está porque casi no escribo más. Los chicos que están hoy en jardín de infantes cuando sean adultos no van a escribir más a mano. ¿Qué aporta más a su futuro: enseñarles escritura manual o asegurarnos de que todos los chicos y chicas puedan acceder a un dispositivo digital? Alguien podría objetar que contribuye también al desarrollo de la motricidad fina. Pero eso podría sin duda resolverse de alguna manera más útil que dotar de una habilidad que casi seguro caerá en desuso pronto. ¿Tiene sentido enseñar a redactar cuando es algo que puede resolver ChatGPT? Seguramente sí, pero no hay que perder de vista que en el futuro seguramente tenga más sentido enseñar a preguntar que a responder. A hablar en público, que a contestar un multiple choice.

Pensemos ahora en la matemática. Cada concepto matemático sirve como una herramienta para el pensamiento. La multiplicación, por ejemplo, encierra montones de intuiciones fundamentales que moldean nuestra capacidad analítica. Ese aspecto conceptual (entender en serio las ideas matemáticas) hoy casi no se logra. Se ve reemplazado por la enseñanza de un método que te permite usar papel para saber cuánto es 328×659 sin entender nada de lo que estás haciendo. Eso tenía sentido cuando tener una calculadora era excepcional, pero hoy esa función puede hacerse usando un teléfono. En el medio nos quedan las odiadas tablas, que sí seguirán siendo relevantes: no queremos tener que estar forzados a usar la calculadora para saber cuánto debemos pagar si compramos 4 paquetes de chicle a $80 cada uno. Es bueno saber resolver mentalmente las operaciones que puedan aparecer con frecuencia en la vida cotidiana.

Hacia una educación artificial pero más personalizada

Más allá de los “peligros” y los cambios que tendrán que hacerse en las currículas, la IA promete ser una herramienta pedagógica espectacular. Para mi columna de radio hice el experimento de usar ChatGPT para “chatear” con José de San Martín. ¡Los resultados fueron extraordinarios! ¿Cuándo más aprenderían nuestros chicos de esta manera que solamente leyendo un libro de texto?

Se abren, es cierto, una serie de escenarios distópicos. ¿Qué pasará cuando la IA sea mejor que el mejor de los humanos que trabaja programando IA?

Finalmente, la llegada de la IA traerá, además, un cambio revolucionario en lo pedagógico. Hoy, la enseñanza es necesariamente despersonalizada. Con un docente cada 20 a 40 estudiantes, es imposible desarrollar un proceso diferente con cada uno. Frente a la misma clase, uno la sigue, otro se aburre porque ya lo sabe y otro termina más desconcertado que antes de empezar. Khan Academy -una organización educativa sin fines de lucro creada en 2006 por el informático Salman Khan- está desarrollando un producto gratuito para que cada alumno tenga un tutor individual generado por inteligencia artificial. Entonces, ese tutor podrá detectar qué entiende y que no cada estudiante, y dotarlos de contenidos y ejercicios acorde al punto de aprendizaje y dificultad individual. Igual que hoy hace TikTok, que selecciona contenidos a medida con el fin de entretenernos, la IA nos permitirá tener una educación muchísimo más personalizada que llegará a cada alumno con un estilo y contenidos distintos, y con procesos pensados para sus fortalezas y falencias. Las posibilidades serán extraordinarias si nos proponemos como prioridad cerrar la brecha digital entre las poblaciones más pudientes y las más vulnerables.

Fuente infoabe